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El paradigma del despropósito


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Parece mentira que aún puedan rodarse películas tan vergonzosamente malas. Es una pena que además vengan de la mano de creadores que, lejos de formar parte del escaso grupo de directores que merecen especial atención por la calidad de sus productos, tampoco son especialmente mediocres.
La última cinta de Roland Emmerich es el paradigma de la involución en todos los aspectos importantes de un film: confunde lo que es un guión comercial con un libreto para analfabetos; las secuencias más movidas equivocan la acción trepidante con la confusión de planos inconexos; y las interpretaciones son más propias de una serie ‘B’.
Son tan numerosos los elementos que fallan en la película que al espectador, desencantado y cabreado por los euros desperdiciados, no le quedan fuerzas para disfrutar de pequeños momentos interesantes –que no van más allá de varios planos generales o fotogramas que resisten entre la marea de celuloide utilizado con despropósito-, y abandona la sala con la impresión que han vuelto a tratarlo como a un borrego.
José Carlos Rojo Puente

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