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EL CIELO TAMBIÉN ES ABURRIDO


   Se siente ligero, ágil y lúcido; está irremediablemente muerto. Es cierto eso que dicen de la paz al final de la luz. Pero ese blanco deslumbra, es incómodo y lo peor es que no hay más que eso: blanco. Lo manchan pequeñas sombras que vagan, las de otros fallecidos, paseantes eternos ensimismados en la misma banalidad que cultivan en vida. ¿Qué maldito cielo es ese?, piensa. Donde los muertos parecen vivos. Sin rastro de paraíso, de reencarnación o de harén de vírgenes de carne tierna y joven... Se resigna entonces a la evidencia de una mentira que ha viciado la humanidad desde el principio de los tiempos; con un marketing tan poderoso como el de la Iglesia, capaz de sobrevivir a la historia, y que ahora ya es claro, también trasciende incluso el fin. Por eso cierra los ojos y empuja hacia abajo, para regresar a la vida, no porque sea mejor, ni peor; sino porque al menos será su decisión, por una vez.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Muy bueno JC. Harén de vírgenes tiernas jejeje... Menudo chasco se llevarán los "alájuarpar" (llamados por muchos los "a AquaPark!") cuando se inmolen y descubran que el 'más allá' no entiende de promesas ni de religiones, sino de pura y dura conciencia.

- JJSalsoso -

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UNA LÁGRIMA... EN LA MADERA

Las manos de Doro son descomunales. Se han adaptado a su oficio igual que se estiran los dedos de un pianista, engrosan los de un albañil o empequeñecen los de un relojero. Sin apenas herramientas, Doro vive empeñado en esculpir la madera a la fuerza. No usa guantes. Si no toca lo que esculpe, dice, es imposible que surja el alma, y sin alma, la madera no cobra vida. El anhelo de Doro por esculpir la ninfa perfecta, después de cuatro años, se ha convertido en una obsesión. 
Comenzó el día de su cuarenta cumpleaños, cuando encontró a su mujer, sin vida, en la hamaca del jardín. Ella se fue sin darse cuenta, con un infarto en mitad del sueño. Aquella tarde de abril llovía y el agua recorría aquel rostro inerte formando surcos que parecían lágrimas. Tal como si la mujer lamentara su propia muerte, consciente del vacío que se abriría en el corazón de su marido. 
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LA VANIDAD DEL LEVIATÁN

En realidad, muy pocos lo conocieron en vida; y si lo hicieron, ninguno pudo contarlo. Narra la leyenda que los barcos nunca lo veían acercarse; pero su presencia se sentía en el oleaje, agitado; en la tonalidad del agua, más oscura; o incluso en el hedor del ambiente, teñido de un azufre ácido que corroía la pituitaria. Su tamaño alimentó decenas de especulaciones. Hay quien confesó haberlo visto emerger en oriente y al mismo tiempo mover un gran tentáculo en poniente, en lugares separados por una milla marina de distancia. Una vez conocidas sus atrocidades, jamás ningún marino volvió a temer al diablo. Solo lo temieron a él, al gran Leviatán. La gran aberración bajo las aguas, el gran dios del mal, quizá Poseidón mutado en bestia. Pero explica la literatura que la fantasía lo legitima todo; y si hay maravillas que germinan del mal, también las hay que lo hacen del bien. 
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UNA LÁGRIMA... IMPOSIBLE

No le dijo nada, como cada noche al llegar a casa. Alexia preparaba la cena y él la abrazó con una ternura que estremeció los cuerpos.
-¿Por qué haces esto? No tienes que amarme-, advirtió ella.
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Alexia le miró con los ojos húmedos.
-¿Puedes llorar?-, preguntó él.
-No lo sé-, respondió ella, asustada; una chispa saltó de su nariz y su cuerpo se desplomó sobre el suelo.
Alexia era un androide de compañía de última generación. No estaba preparada para una emoción tan humana como el llanto; quizá tampoco para ser amada de verdad.

Ilustración: Gema R. Quintana