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EL DÍA ANTES


   Corocota se apartó del fuego y dejó allí a los jóvenes exaltados, danzantes en torno a un ritual de guerra con cuencos colmados de sangre incandescente de caballo pasando de mano en mano y abrasando los gaznates de aquellos pobres diablos. Para él, ésta no era su primera orgía. 

   Conocía todo lo que venía después de aquella noche. Había visto la batalla de cerca, batiéndose en los montes, los riscos y los prados... Bajo el sol de verano o la nieve del más frío de los inviernos. Allí fuera uno se sentía solo; no había Dios. Ni el mismo Candamo escuchó jamás a nadie en mitad de la lucha y probablemente era su manera de censurar aquellos enfrentamientos inútiles. Porque los hombres de armadura acabarían venciéndolos sin remedio: eran muchos, fabricaban maravillosas armas de matar y habían aprendido a moverse por la montaña.  

   Pese a su edad avanzada, su experiencia, fuerza y coraje, Corocota no pudo evitar el escalofrío aquella noche. Todas esas cavilaciones nublaron su visión y aquellos jóvenes guerreros cántabros se desdibujaron en torno a la hoguera para transformarse en espíritus errantes. Muchos de ellos jamás encontrarían el camino hacia el más allá porque ni siquiera tendrían tiempo de comprender su propia muerte. 

   El maestro de la guerra cerró los ojos por un instante, y en un intento de apartar de su pensamiento todas aquellas imágenes perturbadoras alzó la mirada hacia el cráneo de vaco que coronaba la montaña de paja. Decidió que el animal muerto sería su Dios esta vez. A él le encomendaría la vida de todos aquellos jóvenes que habría de liderar hacia el desastre. Él bendeciría su estrategia, su suerte y su gloria. Él también los esperaría en la caída, paciente anfitrión del otro lado, para guiarlos por el camino allá donde hubieran de ir...

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SOLO

Dicen que tanto esmero pone el artista al esculpir su estatua que a veces le nace un alma. Se equivocan. No es la estatua la que cobra vida, es al propio metal al que parece latirle el corazón. 
Al principio no tenía forma humana. Su primer recuerdo, en que comenzó a tomar conciencia de sí mismo, es el de un montón de lingotes de cobre esperando a ser fundidos en el molde de niño. Entonces ya se sentía solo
Pensó que aquella forma humana que lo esperaba al enfriar el metal le despertaría ese alma que a otros les había brotado... Lo convertiría en uno más de ellos, los que viven: que hablan, pasean, ríen, se acarician, se susurran palabras al oído y se besan. 
Fundieron los lingotes de cobre y los dejaron enfriar en el molde del niño. Poco a poco  comenzó a sentir los brazos; luego las piernas, y los dedos de los pies. Notó un tacto en los labios y en la nariz. Era el artesano que limpiaba su cara para despegarla del molde. Así llegó al mundo. Así, se convirtió en un niño de cobre. 

LOS UNIVERSOS PARALELOS

-Repíteme lo de los Universos paralelos. Todavía no sé si lo he entendido... Él respiró un segundo y allí, en mitad de la playa, buscó el tono más didáctico. Tuvo una idea. Levantó la mano, volviéndola sobre la palma. -¿Recuerdas eso que decían que esta línea te indicaba lo que ibas a vivir? Que esta era la línea de vida de una persona... Ella frunció el cejo, escéptica... -Sí, un cuento... -Vale, un cuento, pero es un ejemplo... Ahora mira el suelo... Imagina que todos esos surcos sobre la arena son vidas diferentes.  Ella obedeció para fijar la atención en la arena. El sol se filtraba por los diminutos canales de agua que comenzaba a conquistar la playa con la subida de la marea.  -Pues imagina que no se trata de vidas diferentes de distintas personas sino de una misma. Que todos esos caminos son posibles caminos que seguiría tu vida... -Ya- Asintió ella. -¿Y hay alguna de mis vidas en la que no te haya conocido? -En serio... Pues habrá algunas en las que no esté yo, otras en las q…

EL ENEMIGO OLVIDADO (Un juego con los lectores. Lee el final)

'Sinestesia'. Samuel recordó la palabra que había aprendido ese día en clase de quinto. La abuela estaba en casa y eso significaba tarta de manzana. Visualizar el episodio, que se producía solo una vez al mes, le activaba la salivación y una emoción que le recorría la espalda con un escalofrío. A Samuel le gustaban los dulces. Demasiado. El médico había advertido a su madre que debía restrigir su dieta si no quería convertirlo en un adulto obeso; pero a él le importaba un comino. En bicicleta corría más que su colega Tomy. Siempre le dejaba atrás.
-¡Vamos! Siempre tengo que esperarte... -gritó con la cara congestionada por el esfuerzo sobre los pedales. Conoció a Tomy seis años antes. En un cumpleaños de su hermano, Jaime, que era tres mayor que él. El pequeño Tomy se encontraba en esa frontera crítica en que no eres lo suficientemente alto como para ir con los mayores, ni lo suficientemente bajo como para ser uno de los pequeños, así que se juntó con Samuel, que vivía en el…