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UNA LÁGRIMA... DE SANGRE

      Ilustración: Gema R. Quintana
   Nadie recordará jamás el nombre de aquellos ocho hombres. Muchas páginas se han escrito sobre el  26 de agosto de 1936, cuando los libros de historia fijan el final de la Guerra Civil en Santander; pero ninguna los menciona a ellos. Vivieron la sinrazón de su tiempo, asumieron su derrota en la contienda y decidieron ser dueños de su destino. 
   Desgranaban los primeros rayos del alba de un día triste en que el cielo, rojizo, parecía despertar con la pereza de un ocaso. El avance de las tropas nacionales hacia la capital cántabra -que aprovechó la cordillera y la costa para pertrecharse fiel a la República durante 13 meses-, era ya un hecho celebrado por muchos vecinos afines al régimen conservador. Por eso la significación de estos ocho hombres, paradigmas todos de la militancia de izquierdas en la política, el ejército o las artes, fue la peor de las sentencias a muerte. 
   Decidieron ver el futuro como un horizonte de extremos -esa fue la costumbre en la época-: Salvarse o morir; y tramaron un plan atroz. Corrieron hacia Puerto Chico, huérfano de embarcaciones tras una desbandada popular que sirvió para salvar decenas de vidas. Secuestraron una trainera apartada y cargaron con una pistola como única pieza de equipaje. El plan era claro: Como objetivo, la fuga; pero todos eran conscientes de lo difícil que resultaría eludir el registro de la armada que había cosido un frente de barcos infranqueable ante las costas de la capital para evitar huídas como la suya. Si eran descubiertos, nunca caerían presa del enemigo; lo echarían a suertes. Uno tomaría esa pistola vieja, modelo STAR, apodada 'pistola del sindicalista', cargada con ocho balas, y la vaciaría uno a uno, segando la vida de todos. Después, se suicidaría. 
   La ilusión duró poco porque apenas superada la isla de Mouro, la llamada de sirena de un buque de la armada nacional, que surgió como un fantasma tras las rocas de Cabo Mayor, terminó con sus aspiraciones. En ese mismo punto, bajo cientos de metros de masa de agua, yacían los huesos de decenas de asesinados del otro bando. Víctimas todos de un modo de represión republicano que ayudaba a los condenados a alcanzar el fondo marino con una piedra amarrada al pie. La muerte, una vez más, llamaba a la muerte.
   Lo echaron a suertes y se resignaron a cumplir lo acordado. El último hombre en pie sostuvo tembloroso el arma. La vista nublada por el horror, el oído aturdido por los disparos y las piernas derrotadas por el peso de la muerte, se derrumbó sobre sí para contemplar un último instante su obra fatal; y no sintió remordimientos. Le tocó a él, pero lo hubiera hecho cualquiera de los otros. Él no los había matado, había sido esa maldita guerra. Rescató un último aliento para alzar de nuevo el arma, esta vez hacia sí y se encañonó en la sien. El instante le regaló una imagen poética. De la pistola, resplandeciente por el brillo del sol, pendía una viscosa gota de sangre, como una lágrima. Parece justo que el metal llorara tantas pérdidas humanas. 
   El eco de ese último disparo se escuchó en toda la bahía, y después, el silencio. Cuando abordaron la trainera, los marinos apenas se detuvieron frente a la imagen dantesca. Al fin y al cabo, solo eran ocho muertos. Ocho más en una guerra que se había cobrado en toda España otras miles de vidas.


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