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LA VANIDAD DEL LEVIATÁN


En realidad, muy pocos lo conocieron en vida; y si lo hicieron, ninguno pudo contarlo. Narra la leyenda que los barcos nunca lo veían acercarse; pero su presencia se sentía en el oleaje, agitado; en la tonalidad del agua, más oscura; o incluso en el hedor del ambiente, teñido de un azufre ácido que corroía la pituitaria. Su tamaño alimentó decenas de especulaciones. Hay quien confesó haberlo visto emerger en oriente y al mismo tiempo mover un gran tentáculo en poniente, en lugares separados por una milla marina de distancia. Una vez conocidas sus atrocidades, jamás ningún marino volvió a temer al diablo. Solo lo temieron a él, al gran Leviatán. La gran aberración bajo las aguas, el gran dios del mal, quizá Poseidón mutado en bestia. Pero explica la literatura que la fantasía lo legitima todo; y si hay maravillas que germinan del mal, también las hay que lo hacen del bien. 

Un verano de hace siglos, cuando el mundo todavía se estaba haciendo, una pequeña niña griega pergeñó su venganza. Se llamaba Cora. Tenía el pelo castaño y lacio, que le recorría la espalda; la piel dorada y unos ojos negros y tristes. Cora despidió a su padre una tarde de invierno, como hacían tantas otras hijas de pescadores que besaban las mejillas de aquellos hombres de piel cuarteada por el sol y el salitre. Hombres que solo conocían ese oficio y que condenaban a todas aquellas mujeres a una vida de espera. Las niñas despedían primero a sus padres, después a sus novios, más tarde a sus maridos, y por último a sus hijos. Siempre confiando que el mar no quisiera cobrarse ninguna de esas vidas. 
A Cora, su padre siempre le consolaba del mismo modo. Le contaba que navegando hacia occidente, hacia el gran océano, luego hacia el norte y por último de vuelta hacia occidente, existía la playa más inmensa que exista en el mundo. Y que allí tumbado, tomando el sol, se acordaría de ella hasta la vuelta. Pero después de esa tarde de invierno, Cora jamás volvió a besar la mejilla de su padre. Contaron las historias que no quedó ni rastro del barco ni de los veinte hombres que en él viajaban. Un poderoso monstruo emergió de los abismos y se los tragó a todos para no dejar rastro. 
Pocos creían las fantasías alimentadas por el alcohol en tabernas y plazas; pero Cora sí. Y así es que corrió y corrió hacia la costa, se asomó a la punta de un gran acantilado y gritó con todas sus fuerzas. Llamó al monstruo con un gemido desgarrador alimentado por el amor roto, que atravesó los confines del mar y penetró en las ingentes masas de agua hasta alcanzar la guarida del espantoso ser. Impresionado por el fenómeno, al Leviatán le excitó semejante osadía y viajó lejos, a través de los mares, para presentarse frente a la niña. Jamás lo habían invocado. Quizá aquella pequeña no había escuchado sus estremecedoras leyendas. 
Por eso decidió alcanzar aquellas costas y frente a las rocas se elevó sobre las aguas para mostrar su descomunal cuerpo. El Leviatán contempló desafiante a la pequeña, que se mantuvo impertérrita en pié sobre el acantilado, con una tela blanca que la recorría el cuerpo y que ondeaba al ritmo de los hedores que despedía el monstruo. Impresionado por el arrojo de la pequeña, el Leviatán preguntó... 
   -¿Acaso no me conoces chica? 
Cora lo miró y en él reconoció a la imagen más grandiosa de la muerte que jamás se haya podido soñar. No era un calamar, ni un pez o un crustáceo. Era más bien todas esas cosas mezcladas del modo más abominable. Su vista no alcanzaba a ver donde empezaba su cuerpo y dónde terminaba; y si mantenía la mirada en esos ojos, rojizos como un carboncillo ardiente, parecían calarle dentro e incendiarle el corazón.
   -¿Acaso no has oído hablar de mis hazañas, de todos los hombres que he devorado, de los mares que he surcado y de las atrocidades que he protagonizado?-, añadió el Leviatán, que, poco cauto, desveló así su punto débil, la vanidad. 
La niña mantuvo la mirada en aquellos ojos negros sin pronunciar palabra y el monstruo se elevó aún más sobre las aguas para impresionar con un movimiento seco que levantó un oleaje devastador. Entonces gritó:
   -¡¿Acaso no deberías temerme?!- el sonido penetró en las rocas y se multiplicó en el eco del acantilado. La bocanada de aliento putrefacto ondeó el pelo de Cora con tal fuerza que casi la desplazó un paso atrás, pero ella se mantuvo ahí una vez más, con los ojos cerrados. Y cuando volvió a abrirlos, estaban húmedos por el odio y la pena. La bestia no comprendía que no existe razón que explique la emoción de un corazón roto. 
   -No te creo- murmuró ella. 
El Leviatán, aun más contrariado, acercó su extraordinaria cabeza a la niña... 
   -¿Cómo has dicho?
   -He dicho que no te creo.
   -¿Qué es entonces lo que tú crees?
  -Creo que no eres tan grande. No has devorado tantos hombres, ni has hecho naufragar ningún buque. Jamás has atacado de veras un barco de verdad y de hecho no conoces los confines del océano. Este mar es pequeño, pero más allá, al otro lado del estrecho, existe un inmenso mundo hecho solo de agua que no has surcado. 
La inmensa mole de carne oscura, espinas, escamas y coraza de cáscaras agudizó la mirada. Por la cabeza le pasó morder a la niña, masticarla suavemente y notar su sangre inundar su paladar; o empujarla por el acantilado y contemplar cómo aquel cuerpo frágil se despeñaba hasta desmembrarse sobre las rocas por el impacto. No hizo nada de eso...
   -Te lo demostraré. Te demostraré quien soy. Así me creerás y volverás a casa para contarle a todo el mundo que un día me conociste y que contemplaste con tus propios ojos la majestuosidad de mi poder. 
   Ella asintió con la cabeza, ahora más serena, consciente de que aquel estúpido acababa de caer en sus redes. 
   -¿Y bien? Qué demonios quieres que haga para demostrarlo. Nombra cualquier cosa y la devoraré, indícame lo que quieras y lo destruiré...- dijo él. 
   -Navega lejos y lejos hacia occidente. Llegarás a un gran estrecho. Ese es el final del mar que conoces y el principio del océano. Vira entonces hacia el norte y luego de nuevo hacia occidente. Allí, en la playa más inmensa que existe en ese mundo, te encontraré el próximo verano. Volveré a llamarte desde un acantilado como lo he hecho hoy y allí estarás. Si logras encontrarte allí conmigo, entonces te creeré.

Pasaron las semanas, y los meses, y la niña durmió cada noche soñando con el día de verano en que culminaría su venganza. Los días eran eternos. La tristeza parecía ralentizar los relojes; pero al fin el estío llegó. La niña viajó a las costas de España y frente en aquellos acantilados escarpados, esculpidos por la fuerza de un océano de verdad, gritó de nuevo para encontrarse con el monstruo. El Leviatán escuchó la llamada y acudió a un encuentro que había esperado largo tiempo pero no la encontró. Excitado por la ira, elevó su cuerpo sobre las aguas y gritó para llamar a la niña. Entonces escuchó una voz ténue. 
   -Estoy aquí- murmuró ella, en pie al inicio de un gran arenal. La playa más inmensa que pueda existir en el mundo realmente era aún más grande de lo que su padre le llegó a narrar. 
El monstruo movió su descomunal cuerpo hacia aquel lugar y se plantó frente a ella. 
 -He venido, niña. Esto es todo cuanto necesitas para creerme, cumplí mi promesa- exclamó  él, triunfante. 
Ella pareció decir algo sin pronunciar palabra. Solo movió los labios para confundir al Leviatán. 
   -¿Qué dices niña? No puedo oírte. 
   -Acércate- susurró ella. 
El monstruo obedeció, se arrastró sobre el fondo arenoso y se plantó justo frente a la niña. 
   -¡Qué diablos susurras!- le increpó la bestia. 
   -Ahora ya puedo creerte- sentenció ella -cuéntame todas las fechorías que has cometido, todo el mal que has hecho, todas las vidas que te has llevado... Volveré a casa y se lo diré a los míos, para que sepan siempre quién eres y te teman como ahora lo hago yo...
La vanidad del monstruo fue su perdición. Comenzó a narrar decenas de historias de naufragios y asesinatos colectivos, de viajes a los confines del mundo y secretos del fondo de los mares. Invirtió horas y horas en aquella playa embebido en sus hazañas sin percatarse de un detalle. El océano, al contrario que el mar, se rige por las mareas, y su cuerpo había quedado encallado como un gran buque en la arena de aquella inmensa playa con el mar replegado. Cuando la niña se percató de que el monstruo ya no podría regresar al agua dio un paso atrás y se despidió. 
   -Es suficiente, es todo lo que quería saber. Adiós. 
El sol del verano comenzó a calentar la carne oscura y viscosa del Leviatán hasta resecarla. Sus glándulas fétidas, comenzaron a supurar una especie de espuma rosácea. Su fuerza y todo su poderío se esfumaron debido a una deshidratación que redujo su tamaño casi a la mitad. Cada vez más arrugado, maldijo a la niña que lo había engañado, que se perdía tierra adentro y que lo daba la espalda a él, el mayor monstruo que jamás haya habitado el mundo, mientras moría presa de su estupidez, bajo un sol abrasador. 

Cuenta la leyenda que esa playa realmente existe, y que la tremenda osamenta del monstruo, lo único que aún se conserva de aquella historia, permanece en la playa, como una roca oscura, que aún se puede ver cuando baja la marea. 










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