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EFECTIVAMENTE SEREMOS INMORTALES




   Quizá la necesidad de someter al otro sea algo consustancial a la especie humana. Por atroz que pueda parecer, tal vez forma parte de ese conjunto de impulsos primarios que emanan de esa zona del cerebro más ancestral. La que compartimos con cientos de especies, que nos enloquece por hambre o sexo. Puede que sea un mecanismo de supervivencia. El que está arriba, permanece; el otro, muere. 

La ley dice que nadie puede esclavizar a nadie. Pero no hay reglamento que impida esclavizar a algo. Las máquinas, hoy en día, son los nuevos siervos de la humanidad. Y nadie siente remordimientos por esos brazos mecanizados que trabajan de sol a sol en cientos de fábricas. Los vemos como lo que son, amasijos de hierros que cobran vida gracias a la electrónica. Pero la tecnología avanza, eso es indudable. Y llegará el día en que nadie pueda distinguir un robot de un hombre. ‘Inteligencia Artificial’ (Steven Spielberg, 2001) habla precisamente de esto.

¿Qué sucederá entonces? El cerebro humano está programado para la empatía. Nadie, o casi nadie, podrá evitar ponerse en la piel del ciborg y lamentar su triste existencia –solo los psicópatas, y no hay tantos–. Los robots venderán pescado, conducirán camiones, diagnosticarán enfermedades, darán clase e incluso escribirán noticias. Habrá máquinas de compañía, incluso de sexo. Mujeres y hombres hechos a medida, con un aspecto impecablemente humano. Ese es, creo, el próximo paso de la esclavitud reinventada. 

La máxima aspiración de estos ingenios será emular con máxima precisión el comportamiento humano. El más vendido del mercado será el que pueda alcanzar una perfecta interacción con la persona, el que simule mayor grado de empatía o (¡atención!) quien pueda tenerla de verdad. La inteligencia artificial será también capaz de todo esto, no lo duden. Y el siguiente paso, ¿cuál será?

Algún día la mecánica del metal se sustituirá por la mecánica biológica y los robots, tal y como los conocemos hoy, estarán hechos de células. Para entonces la medicina habrá perfeccionado la creación de órganos, extremidades o lo que sea que haga falta para construir esos cuerpos nuevos, o para reparar los existentes, los de quienes nacieron de forma natural. El ser humano, en cierto modo, comenzará a experimentar lo que significa ser un robot. La línea que separa ambas clases, la del dominante y el dominado, empezará a diluirse una vez más. Lo ha hecho varias veces en la Historia. 

Algún día, también, alguien preguntará qué sentido tiene enfrentar a la muerte por medio de estas reparaciones biológicas cuando, en cierto modo, se puede empezar de cero, o casi. El conocimiento del cerebro y el avance de la supercomputación abrirán las puertas de las copias mentales. Será lo más parecido a trasladar a un disco duro el cerebro completo de un sujeto. Imagínense. Clonar todos los recuerdos, inteligencias y sentimientos de toda una existencia para insertarlos en un cuerpo nuevo. Podría decidir hasta la edad. Pongamos 20 años. 

Y aquí es donde queríamos llegar. Imaginemos que es usted, que nació por parto natural, que vivió hasta los 110 años… ¿Seguirá siendo usted ahora que vuelve a tener 20? ¿Qué le diferenciaría del replicante último modelo del mercado? ¿Podría defender que sus recuerdos, que su vida, es, efectivamente, real? ¿Que no se trata de implantes, de memorias artificiales?

Podría seguir creyendo en Dios y confiar que algún día, solo cuando usted decida, morirá. Al replicante no le quedaría más remedio que creer en su Dios, o sea, usted. Quizá él dormiría triste pensando que a diferencia de su creador, él jamás iría al cielo. Pero para cuando llegue ese día ambos estarán equivocados; porque los dos estarán en el mismo punto. Nadie tendrá derecho sobre el otro, porque en el fondo serán la misma cosa. Entonces la esclavitud volverá a perder su sentido y habrá que reinventarla, como ha ocurrido tantas veces.

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SOLO

Dicen que tanto esmero pone el artista al esculpir su estatua que a veces le nace un alma. Se equivocan. No es la estatua la que cobra vida, es al propio metal al que parece latirle el corazón. 
Al principio no tenía forma humana. Su primer recuerdo, en que comenzó a tomar conciencia de sí mismo, es el de un montón de lingotes de cobre esperando a ser fundidos en el molde de niño. Entonces ya se sentía solo
Pensó que aquella forma humana que lo esperaba al enfriar el metal le despertaría ese alma que a otros les había brotado... Lo convertiría en uno más de ellos, los que viven: que hablan, pasean, ríen, se acarician, se susurran palabras al oído y se besan. 
Fundieron los lingotes de cobre y los dejaron enfriar en el molde del niño. Poco a poco  comenzó a sentir los brazos; luego las piernas, y los dedos de los pies. Notó un tacto en los labios y en la nariz. Era el artesano que limpiaba su cara para despegarla del molde. Así llegó al mundo. Así, se convirtió en un niño de cobre. 

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-Repíteme lo de los Universos paralelos. Todavía no sé si lo he entendido... Él respiró un segundo y allí, en mitad de la playa, buscó el tono más didáctico. Tuvo una idea. Levantó la mano, volviéndola sobre la palma. -¿Recuerdas eso que decían que esta línea te indicaba lo que ibas a vivir? Que esta era la línea de vida de una persona... Ella frunció el cejo, escéptica... -Sí, un cuento... -Vale, un cuento, pero es un ejemplo... Ahora mira el suelo... Imagina que todos esos surcos sobre la arena son vidas diferentes.  Ella obedeció para fijar la atención en la arena. El sol se filtraba por los diminutos canales de agua que comenzaba a conquistar la playa con la subida de la marea.  -Pues imagina que no se trata de vidas diferentes de distintas personas sino de una misma. Que todos esos caminos son posibles caminos que seguiría tu vida... -Ya- Asintió ella. -¿Y hay alguna de mis vidas en la que no te haya conocido? -En serio... Pues habrá algunas en las que no esté yo, otras en las q…

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