Ir al contenido principal

HAGAN CASO DE SUS CORAZONADAS



   El símil con el que el psicólogo y divulgador Daniel Goleman describe el funcionamiento de las llamadas ‘neuronas espejo’ sirve para entender la clave de la empatía. Según Goleman, existen leyendas en torno a su descubrimiento. “Mi preferida tiene que ver con un laboratorio italiano en el que se hacía un mapeo del córtex motor, la parte del cerebro que mueve el cuerpo de un mono. Medían las neuronas individuales, de una en una, observando las células que solo tenían una función y nunca se activaban cuando el animal hacía otra actividad”. Un día descubrieron a un ayudante del centro plantado delante de la jaula del animal mientras comía un helado. Cada vez que el hombre elevaba el brazo para llevarse el dulce a la boca se activaban las neuronas del mono destinadas a realizar la misma función. “Ahora sabemos que el cerebro humano está salpicado de ‘neuronas espejo’ que reflejan en nosotros exactamente lo que vemos en los demás: sus emociones, o incluso sus intenciones”, aclara Goleman. ¿Para qué puso la naturaleza ese mecanismo en el cerebro de los primates? Podría especularse precisamente con el fundamento del sentimiento empático. Pero puede que sea más complejo. Puede que tenga que ver con esos mecanismos que nos permiten formar parte de un grupo, como animales sociales que somos. 

Atrapado aún en el concepto de mundo adaptado a la revolución industrial, al sistema educativo aún le cuesta entender que existan competencias emocionales que son fundamentales para bregarse con éxito en el mundo de hoy. “Nadie ha prestado atención a las emociones hasta ahora; pero es un ámbito fundamental para alcanzar una vida completa en el plano personal y en el profesional”, repite hasta la saciedad el periodista y divulgador Eduardo Punset. 

El ser humano es un animal social, necesita del grupo y las relaciones sociales para sobrevivir y su cerebro evolucionó hacia ello. Cosa diferente es que no se le preste atención. Las personas necesitan conocer sus emociones para entender el modo en que pueden controlarlas. Ese autocontrol es la base para la relación con los demás. Luego vendría una segunda fase, la de conocer los mecanismos por los que funciona esta ciencia para lograr una interacción sana con el prójimo y como consecuencia, con todo el grupo. 

A nivel cerebral, toda esa estructura está, en parte, identificada. En la amígdala, una de las áreas primitivas del cerebro, compartida incluso con los reptiles, germinan todos los impulsos primarios: miedo, ira, asco. En el cerebro más moderno, en el córtex prefrontal, se localizan las competencias para neutralizar esos impulsos. Con lógica, la persona que demuestra un mayor control sobre sus emociones utiliza en mayor medida estructuras cerebrales más modernas. 

Conocer y entender el funcionamiento de estos mecanismos a nivel externo es más sencillo si existe un autocontrol. Y ese autoconocimiento puede utilizarse para gestionar mejor la relación con los demás. No se trata de manipular al prójimo; solo de comprender lo que el otro piensa, siente o imagina, para lograr una interacción más plena. Lo hace la madre que atiende al llanto del recién nacido para encontrar el origen del dolor. Lo utilizan sin saberlo los enamorados cuando tratan de agradar al otro y también los empresarios reunidos en una mesa previa firma de un contrato. 

La cultura popular a veces es sabia. Esa frase: ‘me da mala espina’, tiene mucho que ver con la toma de decisiones basadas en las emociones. En esa reunión de ejecutivos en la que parecen manejarse solo variables numéricas, se evalúan a nivel subconsciente otras que pasan desapercibidas. Esas que capta el cerebro y que tienen que ver con la comunicación no verbal, con el olor, los estados de ánimo o la energía de cada cuerpo. Son claves que aún necesitan una sólida definición científica, pero que están ahí y son el resultado de miles de años de memoria genética de la especie. Por eso siempre es bueno hacer cierto caso a las corazonadas, porque aunque en un principio parecen solo eso, corazonadas, puede que aún no se alcance a descubrir cómo de fundamentadas están.

Comentarios

Popular

LA ENCRUCIJADA DEL ELECTRÓN

–¡Ay Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!–. Cuando el electrón llegó al poste enmarañado de cables, casi le da un pasmo. Semejante cruce de caminos era lo más parecido a una pesadilla.  Habían pasado ya dos milisegundos desde que alguien al otro lado de la ciudad diera clic al ratón. A él se le había encomendado, a esas horas de la mañana, el trabajo de transmitir la voluntad del joven que consultaba páginas de Internet sin mucho criterio: periódicos digitales, chistes virales y algo de pornografía.  –¡Pero qué es esto! –exclamó la partícula atómica. Y es que a la hiperactividad ya propia de un electrón se le unió la ansiedad de no saber dónde ir. Así que la angustia comenzó a succionarle el pecho y sintió cómo comenzaba a bajarle la tensión.  Tras él, otros electrones lo superaban a la velocidad del rayo, colándose a derecha, izquierda; arriba, abajo...De pronto, alguien paró a su lado. 
Era un electrón viejo, bastante cascado, con horas de viaje, lo que para un electrón, acost…

ELLA PERDIÓ SU MAGIA

Ella aún no lo sabe, pero ha perdido su magia para siempre.     No ha pasado mucho tiempo desde el cataclismo. La catástrofe que envolvió la tierra en fuego hasta terminar con el mundo conocido, el de los hombres y las hadas, para reducirlo todo a la realidad animal.     Ella aún tardará en darse cuenta y por eso insiste en su antiguo hechizo, hipnótico a través de las pupilas de unos ojos que antaño atravesaban el alma y nublaban la razón hasta convertirte en su siervo. Ahora no es más que una serpiente; pero cuidado.     Es un reptil gigantesco, musculoso y recio, capaz de abrazar con la fuerza de un oso, hasta arrancar el último soplo de oxígeno de los pulmones, incluso de la sangre. No es inofensiva, no. Solo perdió su magia... 

SUS OJOS AZULES

La luz de la llama iluminaba tímidamente la habitación, que se tornaba más oscura cada vez que ella cerraba sus ojos azules, destellos resplandecientes de océano, para degustar sin distracciones el placer en su interior. Tensos los músculos, húmedos los labios y la piel, los cuerpos encontraban a veces esa compenetración orgánica de los amantes que se conocen. Ahí, cuando llega la explosión, se afanaba él en silenciar el placer de ella, callando su boca con la mano, para no ser descubiertos en mitad de la noche.  Ahora ella mantiene silencio incluso sin pedírselo; para zanjar el lance furtivo. Para olvidar una aventura necesaria, pero diseñada con fecha de caducidad. Y pese a que esas cartas siempre estuvieron sobre la mesa, ninguno de los dos puede garantizar hoy que sus pieles húmedas nunca vuelvan a encontrarse; que ella ilumine con su mirada otra habitación oscura y que él silencie de nuevo su placer en mitad de la noche. No pueden garantizarlo porque no depende completamente de …