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SOLO



Dicen que tanto esmero pone el artista al esculpir su estatua que a veces le nace un alma. Se equivocan. No es la estatua la que cobra vida, es al propio metal al que parece latirle el corazón. 

Al principio no tenía forma humana. Su primer recuerdo, en que comenzó a tomar conciencia de sí mismo, es el de un montón de lingotes de cobre esperando a ser fundidos en el molde de niño. Entonces ya se sentía solo

Pensó que aquella forma humana que lo esperaba al enfriar el metal le despertaría ese alma que a otros les había brotado... Lo convertiría en uno más de ellos, los que viven: que hablan, pasean, ríen, se acarician, se susurran palabras al oído y se besan. 

Fundieron los lingotes de cobre y los dejaron enfriar en el molde del niño. Poco a poco  comenzó a sentir los brazos; luego las piernas, y los dedos de los pies. Notó un tacto en los labios y en la nariz. Era el artesano que limpiaba su cara para despegarla del molde. Así llegó al mundo. Así, se convirtió en un niño de cobre. 

Se erigió en un apartado del paseo marítimo, como uno de ellos, de los vivos. Con el brillo del bronce recién pulido a la luz del sol. Ellos le agasajaron, le abrazaron, le besaron y le frotaron la nariz. Por alguna razón, tomaron por costumbre frotarle la nariz y cerrar los ojos. Nunca lo entendió, pero le hizo sentirse bien; porque ya era, como siempre había querido, uno de ellos.  Ya no se sentía solo

El tiempo pasó. Su cuerpo dejó de brillar y su piel se cubrió de una costra verde. Tal vez fuera eso lo que hizo cambiar de opinión a los vivos, que ya no lo abrazaban, ni lo besaban... Ahora le orinaban, le escupían, o le frotaban la nariz. Nunca abandonaron esa extraña manía. No pudo evitar, entonces, volver a sentirse solo, porque los vivos no eran en realidad tan especiales como él había imaginado. Más bien eran sucios, banales y vulgares. 

Olvidó todas sus aspiraciones, se enfadó consigo mismo, por ser tan iluso, por creer en un mundo que no existía. Encolerizó después por culpa de los vivos. Esos seres insulsos y superficiales; zotes e insensibles. ¿De verdad creía que iba a alcanzar la felicidad? Se cuestionó. Aceptó que siempre se sentiría solo porque por duro que fuera aceptarlo, estaba solo. Y dejó de sufrir.

***

Pero una mañana de lluvia se le acercó un anciano desarrapado y comenzó a hablarle. Fue toda una confesión. Empezó con la salud, continuó con la familia y terminó con política. Por nada del mundo el anciano imaginaría que de verdad le escuchaba ¡era una estatua! Pero verbalizó toda aquella diatriba para sacársela de dentro. Aquel hombre le hablaba a la nada, sencillamente se desahogaba. Y es que estaba, igual que él, solo. Parecido comenzó a actuar un niño, que aprovechaba la salida del colegio para contarle su día en clase. O la gaviota que se posaba en su hombro derecho para describirle con detalle lo sabrosos que eran los peces de la bahía. Todos aquellos visitantes tenían algo en común. Nadie los escuchaba salvo él. Ellos sí tenían relatos sensibles e inteligentes. Ellos sí eran especiales, tal y como él había imaginado a los vivos, capaces de contar aquello que vivían. 


Nunca faltaban en sus crónicas, siempre en hora. Cada día los esperaba, y siempre los escuchaba. Tal vez hablarle así a una estatua les hacía sentir más felices. Si él pudiera también hablarles... Podría darles las gracias por existir, por ser especiales, por compartir su vida con él. Porque con ellos se fue el sufrimiento; o porque a partir de ahora, y supo que era para siempre, nunca volvería a sentirse solo







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