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EL HIERRO OXIDADO


Los dos críos no pudieron exigirle nada más a sus pulmones. Estaban exhaustos y el pecho les ardía por dentro. Habían corrido como gacelas durante al menos media hora; y para nada porque allí, en el cementerio, nada parecía diferente al resto del pueblo. Todo estaba igual de rojo, como sus botas, enfangadas en ese barro brillante. Pasadas doce semanas del accidente en la mina, ya nadie podía ganarle la batalla al hierro oxidado. El murete que contenía las escorias de la explotación industrial a cielo abierto reventó liberando el mineral, que se había filtrado en el agua para después conquistar el pueblo entero. 
Casi parece que el propio hierro pudiera pensar, que hubiera imaginado este plan redondo y lo estuviera consumando. Seguro que ahora mismo, viendo el paisaje, estaría festejándolo. 
Los grifos de las cocinas emanaban el líquido rojo, como las fuentes y los manantiales del monte. A veces, cuando se encadenaban varios días sin llover, se volvía más viscoso, más rojizo. Entonces podía confundirse con sangre. Daba la sensación de que el pueblo estuviera herido de muerte. 
Los viejos dicen que algo parecido sucedió hace cien años. Cuando otro escape llegó a ese cementerio; pero esa vez, curiosamente, solo afectó a unas pocas tumbas. Una espesa vegetación escarlata cubrió las verjas y envolvió las lápidas. Cuentan que alguien apartó la corteza de un árbol de un navajazo y el tronco empezó a sudar ese fluido rojo, viscoso, idéntico a la sangre. 
Aquel episodio, hace ya cien años, alimentó decenas de supersticiones. Algunas fueron invenciones  apasionantes. Hoy, maldita sea, todo queda reducido al hierro oxidado. 

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