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LA ENCRUCIJADA DEL ELECTRÓN


–¡Ay Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!–. Cuando el electrón llegó al poste enmarañado de cables, casi le da un pasmo. Semejante cruce de caminos era lo más parecido a una pesadilla. 
Habían pasado ya dos milisegundos desde que alguien al otro lado de la ciudad diera clic al ratón. A él se le había encomendado, a esas horas de la mañana, el trabajo de transmitir la voluntad del joven que consultaba páginas de Internet sin mucho criterio: periódicos digitales, chistes virales y algo de pornografía. 
–¡Pero qué es esto! –exclamó la partícula atómica. Y es que a la hiperactividad ya propia de un electrón se le unió la ansiedad de no saber dónde ir. Así que la angustia comenzó a succionarle el pecho y sintió cómo comenzaba a bajarle la tensión. 
Tras él, otros electrones lo superaban a la velocidad del rayo, colándose a derecha, izquierda; arriba, abajo...De pronto, alguien paró a su lado. 

Era un electrón viejo, bastante cascado, con horas de viaje, lo que para un electrón, acostumbrado a un tiempo contado en milisegundos, era mucho.
–¿Qué haces aquí parado jovencito? –preguntó el anciano inclinando la cabeza hacia delante para mirarlo por encima de sus gafas. 
–Tengo que mandar la señal ya y no sé dónde ir. Esto es una locura. Y estoy perdiendo el tiempo que no tengo. Creo que voy a volver, para eso están los errores de navegación. 
–¡Cómo vas a hacer eso muchacho! –exclamó el anciano–. Si yo me hubiera rendido a la primera de cambio hoy no estaría aquí. Habría muerto, amiguito. Y mírame, sin embargo...

El joven volvió sobre sí para contemplar de nuevo el cruce infinito de caminos de esa maraña de cables que se entrelazaban de forma caótica en el poste. Tal como si fueran ramificaciones de diferentes enredaderas que lucharan por la supervivencia. El electrón anciano insistió...
–¿Quizá haces mal la pregunta?
–¿Cómo que hago mal la pregunta? No es tiempo de acertijos anciano... –repuso la joven partícula. 
–Tal vez debieras preguntarte dónde quieres ir tu... No dónde están esperando que vayas... ¿No?
El joven volvió la vista sobre el anciano y mantuvo un largo silencio, al menos de otro milisegundo. Y  éste prosiguió...

–Tantas veces me encontré en este mismo cruce de caminos... Tantas otras veces erré en mi destino...
–Yo no quiero errar –interpuso el joven. Y el viejo no pudo reprimir la carcajada.
–Te deseo buena suerte con eso amigo... –ironizó el electrón veterano, cuya barba blanca, de montaraz, le alcanzaba el pecho. 
–Creo que voy a volver... –zanjó el joven. 
–¿Volver? ¿Retroceder? ¿Rendirse? Todo es parte de lo mismo –el joven mantuvo silencio de nuevo–. He atravesado tantas veces este laberinto que un día terminé por aprendérmelo. He llegado a lugares horribles, oscuros, fríos, húmedos y llenos de peligros;  y a otros maravillosos. Muchas veces erré en mi cometido y otras tantas acerté. He visto cosas que jamás imaginarías –El anciano levantó la cabeza de nuevo, se irguió y acomodó las gafas–. Pero siempre, siempre, siempre, fui  hacia delante. 
El joven lo miró atentamente, volvió la mirada sobre el laberinto mientras a su alrededor otros electrones pasaban a gran velocidad dejando luminosas estelas que poco a poco se diluían en el aire.

–Tal vez la pregunta que deberías hacerte no es donde debes ir muchacho –le alentó el anciano– sino dónde te apetecería ir... A eso se le llama vivir. 
El joven lo miró de nuevo durante otro milisegundo, pensativo, mientras en su cabeza se libraba una batalla de razonamientos que terminó con veredicto cuando su mirada se iluminó. Luego sonrió, y acto seguido inclinó las rodillas para tomar impulso y volviéndose al laberinto desapareció por uno de sus infinitos caminos dejando tras de sí una luminosa estela. 
Allí quedó el anciano, sonriente, orgulloso de haber ayudado a ese muchacho a tomar la decisión que a él le hubiera gustado tomar cuando aún tenía tiempo. 

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